El amor popular y su simbología (II)

Viene de la primera parte.

La simbología en los poemas de la lírica popular

En los poemas de la lírica popular, aparecían una serie de símbolos naturales, como podían ser un ciervo, una fuente, el agua o diversos árboles. Para la crítica literaria tradicional, estos elementos simbólicos eran un mero fenómeno decorativo. Sin embargo, los expertos actuales aseveran que los símbolos eran los restos de los antiguos ritos precristianos de la fertilidad. Estos rituales sagrados se celebraban en torno a las fuentes o al lado de los ríos. Algunas divinidades de la fertilidad adquirían una forma de ciervo, como era el caso de los dioses Cernunnos, Orco o Maya. La Iglesia cristiana prohibió estos ritos en la Edad Media.

Los restos fosilizados de esos viejos rituales precristianos pervivieron en los poemas de la lírica popular. Estos símbolos prehistóricos pasaron a las obras poéticas de este género, y permanecieron formando parte de la lírica popular hasta el siglo XVII. Aunque ninguna persona del medievo conocía verdaderamente lo que significaban estos elementos simbólicos. Las mujeres que cantaban las poesías no recordaban cuál era el origen de estos símbólos, y ni siquiera les interesaba averiguarlo. Sin embargo, estas mujeres sí que sabían que los elementos simbólicos del ciervo y de la fuente aludían a un encuentro amoroso. En la mayor parte de los poemas de la lírica popular, permanecían integrados estos dos símbolos.

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Cernunnos era el Dios celta de la fertilidad. Fuente: Dreamstime.com

Los símbolos más recurrentes en los poemas de la lírica popular eran los elementos simbólicos de la fiesta y de la romería. La mayor parte de los encuentros amorosos que aparecían en estos poemas tenían lugar con motivo de una fiesta o de una romería cristiana. Esto se debía a que las uniones sexuales se celebraban generación tras generación durante las fechas clave del año, que eran los dos equinoccios y los dos solsticios anuales. Los rituales sagrados, que se efectuaban en las ceremonias, ya se practicaban desde antes de la llegada de Cristo.  La Iglesia católica se percató de estas  viejas costumbres, y colocó en esos días las fechas cristianas más emblemáticas. Tras la consolidación del cristianismo, se siguieron celebrando las antiguas tradiciones paganas, que consistían en una reunión social durante estas cuatro fechas astronómicas del año. La romería continuó siendo el momento preferido por los amantes para celebrar un encuentro amoroso, porque estas celebraciones, antes de ser cristianas, fueron romerías paganas en honor a los dioses de la fertilidad desde hacía muchas generaciones atrás. Antes de la llegada del cristianismo, estos rituales paganos se hacían en un templo en honor a la fertilidad, y tras la llegada de Cristo, se comenzaron a realizar en una iglesia.

Por otro lado, existían diversas frutas, como la pera, ciertos árboles, como la encina, y una serie de plantas, que estaban ligadas simbólicamente con la fertilidad. Una de esas plantas era la del haba. Los individuos sostenían la creencia de que pisando un haba se podía quedar una mujer más fácilmente embarazada. Otro elemento simbólico relacionado con la fertilidad era la pérdida del camino.

El símbolo del agua también estaba presente en la inmensa mayoría de los poemas de la lírica popular. El agua estaba asociada a los ritos sagrados precristianos de la fertilidad. El agua era el elemento más importante, porque los participantes en los rituales conocían que la vida en la Tierra se transmitía a través de los líquidos, ya fuera mediante el semen, la savia o la leche. Existía otra razón de orden mágico por la que realizar estos ritos divinos, ya que los individuos consideraban al agua un factor muy determinante. Las personas creían que el agua era un elemento clave para despertar la fertilidad femenina. Los individuos consideraban que gracias al agua, la mujer era más fértil, por lo que concebían la idea de que una mujer fértil era la persona más apropiada para originar más lluvias y precipitaciones.

A lo largo de la Edad Media desaparecieron estas vetustas costumbres, pero todas las referencias sagradas al agua permanecieron soterradas en la lírica popular medieval. Estas alusiones estaban completamente desprovistas del sentido religioso precristiano y pagano original, pero seguían estando ligadas a la mujer, a la idea de fertilidad, a la festividad y a la alegría. Durante la época medieval, la asociación de los conceptos de vida y de fertilidad implicaba mentar indirectamente a la mujer. De esta forma, la concepción de esterilidad también se consideraba una cuestión exclusivamente femenina. Si una pareja no podía procrear hijos, era por culpa íntegramente de la mujer.

Por otro lado, el elemento simbólico de la fuente también era muy frecuente en la lírica popular,  ya que la fuente era el lugar en el que se celebraban la mayor parte de los ritos sagrados precristianos de la fertilidad. Relacionado con esto, existía el símbolo del baño de amor. En algunos poemas, una joven y un váron se bañaban desnudos en una fuente. De esta forma, permanecía fosilizada una vieja costumbre y un antiguo rito sagrado pagano, que era el llamado baño de amor. Este ritual consistía en el hecho de que ambos jóvenes  se bañaban juntos antes de tener su primer contacto carnal, con el objetivo de disipar el miedo ante el encuentro amoroso. Este hábito trataba de evitar el miedo atávico, que se producía por el contacto carnal de los dos cuerpos desnudos. Por eso, se efectuaba un baño ritual antes de la primera unión sexual de los dos jóvenes. Era una especie de baño preparatorio antes de tener un contacto carnal.

Otro símbolo, que estaba relacionado con la fuente, consistía en el lavado mutuo. Este elemento simbólico era muy recurrente en los poemas de la lírica popular. Ambos jóvenes realizaban el acto de lavarse mutuamente en una fuente, por lo que el varón y la fémina se lavaban el uno al otro. En los ritos precristianos matrimoniales celtas, el hombre y la mujer intercambiaban el agua, porque este elemento era el símbolo de la fertilidad. Gracias a ese hecho, los dos jóvenes unían su fertilidad.

Un tercer elemento simbólico, que estaba vinculado con la fuente, era el lavado de la ropa. Este símbolo era muy utilizado en las obras poéticas de la lírica popular. En algunos poemas, la mujer lavaba en una fuente la ropa de su enamorado. Normalmente, limpiaba a la vez la ropa de su amado junto a la suya. De esta forma, se intuía que los dos jóvenes estaban desnudos durante el lavado de la ropa, porque en esa época, los individuos no solían disponer de una prenda de repuesto. Estos poemas tenían una gran carga erótica por sí mismos. Asimismo, en este tipo de obras poéticas, todavía permanecían los restos de un antiguo rito mágico pagano. Al lavarse mezcladas las ropas interiores, se estaba anunciando indirectamente el futuro contacto sexual entre los dos jóvenes. Se juntaban las prendas, con el objetivo de comunicar que en un futuro cercano se iban a unir los dos cuerpos. Era una forma de anticipar el encuentro carnal y amoroso de ambos jóvenes.

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El elemento simbólico del cántaro era muy frecuente en los poemas de la lírica popular. Fuente: Arte e Historia.com

Un cuarto símbolo, que estaba ligado con la fuente, consistía en el cántaro. Este elemento simbólico era muy recurrente en los poemas de la lírica popular. La mayor parte de los poemas relataban como una joven acudía a una fuente con un cántaro, y ese objeto acababa rompiéndose en ese lugar. La ruptura del cántaro representaba la pérdida de la virginidad. En las culturas tradicionales, existía una asociación evidente entre el cántaro y la mujer. Las diosas de la fertilidad femenina se representaban con unas caderas con la forma de un cántaro. Esta asociación se enlazaba por una razón anatómica, ya que las caderas femeninas se asemejaban al contorno de este objeto. Aunque el principal motivo podía ser mucho más profundo. El cántaro encerraba dentro de sí mismo el agua, de la misma forma que la mujer ostentaba en su interior la vida humana. El significado de la ruptura del cántaro expresaba que la mujer quedaba abierta para dar a luz a una nueva vida humana.

El símbolo del agua fría también permanecía en las obras poéticas de la lírica popular. Existía una contradicción entre el agua transparente y fría y el agua turbia y caliente. El agua transparente y fría simbolizaba una virginidad que se encontraba en peligro, porque estaba próxima a perderse. En cambio, la pérdida de esa virginidad se simbolizaba mediante el agua turbia y caliente.

Por otra parte, el elemento simbólico del cabello era frecuente en la poesía de la lírica popular. El cabello largo simbolizaba la virginidad. La joven virgen llevaba una melena larga. En cambio, la mujer casada se solía cortar o recoger el pelo. Algunas santas fueron martirizadas colgándolas del cabello. Los martirios femeninos cristianos castigaban las zonas relacionadas con el erotismo de la mujer, como el pelo, los ojos y los pechos. El martirio masculino cristiano no solía castigar los genitales, sino que se infligía dolor al propio cuerpo. Esta pena era una forma de sexualización de la mujer. La mártir cristiana era completamente sexualizada durante su calvario.

El símbolo del ciervo también permanecía de forma recurrente en los poemas de la lírica popular. Este animal evidenciaba la existencia de diversos resquicios que todavía pervivían en la sociedad medieval sobre los viejos rituales sagrados precristianos al Dios celta del vigor y de la fertilidad, que se denominaba Cernunnos. El ciervo aparecía en los poemas sin esa denominación. El culto a este Dios surgió en las regiones árticas de Siberia, que era una zona que se ubicaba en Rusia. La adoración a Cernunnos llegó a Europa Occidental hace unos 20.000 años. En España, fue adoptado como Dios por los celtas, que le dieron el nombre de Cernunnos en torno a los siglos II y I antes de Cristo. El pueblo celta logró ocupar una gran porción de la Península Ibérica durante ese periodo.

En algunos poemas de la lírica popular no aparecía un ciervo, sino que se aludía a una cierva. Algunos historiadores sostienen que el término cierva era una referencia a otra mujer. Otros expertos esgrimen que la palabra cierva era una forma de llamar al varón amado, para evitar pronunciar el término ciervo, porque en la época medieval, esa palabra presentaba la connotación negativa de cornudo, y se consideraba un término malsonante. Este tipo de poemas narraban un triángulo amoroso en el que interfería una segunda mujer o un segundo hombre entre una pareja de prometidos.

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Los matrimonios medievales estaban previamente pactados por las familias de los jóvenes. Fuente: Arteguías.com

El elemento simbólico de la excusa transparente era frecuente en las obras poéticas de la lírica popular. Se producía una solidaridad femenina entre una madre y su hija para que el amor siguiera su curso ante las imposiciones patriarcales y sociales existentes en la Edad Media. La hija confesaba a su madre haber perdido la virginidad con el varón al que amaba, que no era su prometido. Sin embargo, esta confesión se realizaba a través de una mentira con la que no pretendía engañar a nadie. La hija expresaba una falsedad, pero la excusa era tan evidente, que en realidad no quería mentir a su madre. Por lo tanto, era una forma eufemística de decir la verdad.

Por otro lado, existía un conjunto de poemas en los que una hija reconocía a su madre que había tenido un encuentro furtivo con un joven que no era su prometido. En las culturas tradicionales medievales, este tipo de encuentros sexuales furtivos implicaban el matrimonio obligatorio entre los dos jóvenes, y se procedía a la ruptura del acuerdo de matrimonio previo con el prometido. Los matrimonios solían ser designados por los padres de la pareja, por lo que casi nunca eran elegidos por los jóvenes. El hecho de que una mujer escogiera a su novio por amor era un tabú y una prohibición social y cultural. Estos tabúes podían romperse excepcionalmente. La circunstancia excepcional por la que se quebraba esta norma social consistía en la procreación. Una joven podía rechazar su matrimonio si se sentía incapaz de mantener relaciones sexuales con su prometido. En ese caso, la mujer podía buscar un nuevo matrimonio que garantizase tener una descendencia.

Por último, la madre también podía solidarizarse con su hija y promovía unos encuentros sexuales furtivos con su joven enamorado. La forma más sofisticada de incentivar esos encuentros furtivos se producía mediante el rapto connubial. La joven acordaba con el varón que realmente deseaba, ser raptada por él. De esta forma, el prometido oficial ya no iba a casarse con la joven raptada, ya que esa fémina había mantenido relaciones sexuales con su raptor. Esa mujer se veía obligada a casarse con su enamorado. Este secuestro era un rapto consentido y fomentado por la propia joven. Incluso, era promovido por la madre de la mujer, o podía efectuarse tras un acuerdo previo entre la madre de la joven raptada y la madre del varón raptor. El secuestro siempre tenía el consentimiento previo de los dos jóvenes.

El rapto connubial era la victoria de la naturaleza del amor sobre las convenciones sociales, con el objetivo de evitar un mal mayor, que era un mal matrimonio. Este secuestro reflejaba una solidaridad femenina, que representaba el triunfo del curso de la naturaleza sobre las leyes patriarcales, que se basaban en unos acuerdos socioeconómicos. Aún así, en el matrimonio medieval siempre mandaba el hombre jurídicamente y económicamente.

Tercera parte. 

Realizado por Eduardo Acín (Periodista)

Bibliografía:

Morales Blouin, E. El ciervo y la fuente. Mito y folklore del agua en la lírica tradicional, Madrid, Porrúa, 1981.

Sánchez Romeralo, A. El villancico: estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969.

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