Edourad Hamel: el futbolista exterminado en un campo de concentración (y II)

Viene de la primera parte.

La soledad en el campo: los hundidos contra los salvados

En el campo, la lucha por la supervivencia no tenía remisión porque cada individuo estaba solo. Si un prisionero vacilaba, no encontraría a nadie que le echase una mano; encontraría a alguien que le echara a un lado, porque nadie estaba interesado en que un musulmán débil se arrastrase durante su trabajo. Si alguien, mediante la paciencia y la astucia, encontraba una estrategia para escurrirse del trabajo más duro, trataba de mantenerla en secreto. De este modo, era estimado y respetado, y el privilegio le producía un beneficio personal y exclusivo. Era más fuerte, y temido por ello, y quien era temido era un candidato a sobrevivir.

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La supervivencia era muy complicada, porque se le concedía muy poco valor en el Lager a la vida humana. El prisionero estaba endurecido, y el ambiente adquiría este absoluto desprecio por la vida cuando se organizaba, por ejemplo, un convoy de enfermos. Los cuerpos demacrados se echaban en las carretillas que los prisioneros empujaban entre las tormentas de nieve hasta la zona médica del campo. Si uno de los enfermos moría antes de llegar al médico, se le arrojaba a la carretilla de todas formas. La lista tenía que estar completa. Era lo único importante. Los hombres sólo contaban por su número de prisionero. Uno se convertía en un número, que estuviera muerto o vivo no importaba, ya que la vida de un número era  irrelevante. Y menos importaba lo que había tras aquel número y aquella vida: su historia o el nombre del prisionero. Se examinaba a los musulmanes con curiosidad, con el fin de averiguar si sus chaquetas o sus zapatos eran mejores que los de otro prisionero en estado más saludable. Después de todo, su suerte estaba echada.

Los que quedaban en el campo, capaces para el trabajo, debían aguzar sus recursos para mejorar las posibilidades de supervivencia. No eran sentimentales. Los prisioneros eran juguetes del destino. Esto les hacía más inhumanos de lo que las circunstancias habrían hecho presumir. El campo se regía por la regla de a quien tenía, le era dado y a quien no tenía, le era quitado. El hombre estaba solo, y la lucha por la vida se reducía a un mecanismo primitivo y primordial.

Con los adaptados, los fuertes y los astutos, los kapos (jefes de 15 a 150 presos, subdivididos en Kommandos de trabajo) mantenían relaciones de camaradas, porque esperaban obtener alguna utilidad de su relación.  En cambio, los musulmanes eran los hombres que se desmoronaban. No valía la pena dirigirles la palabra, no tenían amistades ilustres, no comían raciones extras, no trabajaban en Kommandos ventajosos y no tenían ningún tipo de organización. Se sabía que estaban allí de paso y que dentro de unas semanas no quedaría de ellos más que un puñado de cenizas y, en un registro, un número de matrícula vencido. Se arrastraban en una soledad íntima, y en soledad morían, sin dejar rastro en la memoria de nadie.

Sucumbir era lo más sencillo. Bastaba con cumplir las órdenes que se recibían, no comer más que la ración pertinente y atenerse a la disciplina del trabajo y del campo. La experiencia demostraba que, de este modo, no se podía durar más de tres meses. Todos los musulmanes que iban a las cámaras de gas tenían la misma historia.

Una vez en el campo, debido a su incapacidad, se vieron arrollados antes de haber podido adaptarse. Habían sido vencidos antes de empezar, no se ponían a discernir nada en el enredo de leyes y de prohibiciones, salvo cuando su cuerpo era una ruina, y nada ya podía salvarlos de la selección o de la muerte por agotamiento. Se dudaba en llamarlos vivos, se dudaba en llamar muerte a su muerte, ante la que no temían, porque estaban demasiado cansados para comprenderla. Eran los hombres demacrados, con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se podía leer ni una huella de pensamiento.

Los musulmanes contradecían el comportamiento indispensable para sobrevivir, porque escapaban a la lógica maniquea de la resistencia, de la lucha por la vida: la supervivencia. Estaban en otro mundo, en una nada en el que se abolía todo valor, y sólo la inercia vital del instinto aún les mantenía en movimiento. Eran la encarnación patética, pero insoportable, de esa derrota que era de temer. Demostraban que la victoria nazi no era imposible. Los SS afirmaban que los prisioneros no eran más que unos despojos humanos y unos infrahombres, por lo que contemplar a los musulmanes, les afianzaba esa idea.

La psicología de los guardias del campo

Había algunos guardias especialmente sádicos. Se elegía a los Schutzstaffel más crueles y más despiadados siempre que se necesitaba un destacamento de SS muy severo. Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas de duro trabajo bajo la nieve helada, algunos suboficiales permitían a los presos calentarse unos minutos frente a una pequeña estufa que se cargaba con virutas de madera. Siempre había algún capataz que sentía placer en privar a los presos de esta comodidad. Su rostro expresaba la satisfacción que sentía al prohibirles estar allí,  volcando la estufa y hundiendo el fuego en la nieve.

Cuando a los SS les importunaba un prisionero, siempre había en sus filas alguien especializado en la tortura sádica, que disfrutaba haciendo sufrir a los cautivos. Los sentimientos de la mayoría de los guardias se hallaban insensibilizados por los años en los que habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Algunos oficiales rehusaban formar parte de las actividades más sádicas, pero no impedían que otros las realizaran. Incluso, diversos guardias sentían lástima de los presos.

Un ejemplo de ello, fue que al acabar la guerra y ser liberados por las tropas, tres jóvenes judíos húngaros escondieron al comandante nazi en los bosques bávaros. Se presentaron ante el jefe de las fuerzas aliadas, quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de las SS. Los judíos le dijeron al comandante aliado que le revelarían la ubicación del nazi, bajo determinadas condiciones. Éste tuvo que prometer que no se haría ningún daño a aquel hombre. El militar prometió a los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su promesa, sino que el antiguo comandante del campo de concentración fue repuesto en su cargo, encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las aldeas bávaras y de distribuirlas entre los prisioneros judíos.

Por otro lado, había dos razas de hombres en el campo. La raza de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambas se encontraban en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se componía de hombres decentes o de hombres indecentes. Ninguna comunidad era de pura raza y, por ello se podía encontrar entre los guardias, a alguna persona íntegra. Los cautivos tuvieron la oportunidad de conocer al hombre mejor que ninguna otra generación.

La psicología del prisionero tras su liberación

Ante el triste poder de evocación del Lager, cada uno de los sobrevivientes se comportaba de manera distinta, pero se distinguían dos grandes categorías. Pertenecían a la primera los que rehusaban regresar, o incluso hablar del tema; los que querían olvidar pero no podían, y vivían atormentados por pesadillas. Estos individuos fueron a parar al campo por desgracia, es decir, sin un compromiso político, sino étnico. El sufrimiento fue una experiencia traumática, pero privada de significado y de enseñanza, como una calamidad. El recuerdo era un cuerpo doloroso que se inmiscuyó en sus vidas, y trataron de eliminarlo.

Otra categoría estaba constituida por los ex prisioneros políticos o ex internos con una convicción religiosa y una fuerte conciencia moral. Para estos sobrevivientes recordar era un deber. No querían olvidar, y no querían que el mundo olvidara, porque comprendieron que su experiencia tenía sentido y que los campos no fueron un accidente y un hecho imprevisto de la Historia.

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Por otro lado, sería un error pensar que el prisionero liberado no tenía la necesidad de recibir ningún tipo de cuidado físico y de tratamiento psicológico. Se debía considerar que un hombre, que vivió bajo una presión mental tan tremenda y durante tanto tiempo, corría peligro después de la liberación, sobre todo habiendo cesado la tensión tan de repente. Dicho peligro era la contrapartida psicológica de la aeroembolia. El hombre que había sido liberado de la presión espiritual podía sufrir daño en su salud psíquica. Durante esta fase psicológica, se observaba que las personas de naturaleza más primitiva no podían escapar a las influencias de la brutalidad que les había rodeado mientras vivieron en el campo. Al verse libres, pensaban que podían hacer uso de su libertad sin sujetarse a ninguna norma. Lo único que había cambiado para ellos, era que en vez de ser oprimidos eran opresores. Se convirtieron en instigadores de la fuerza y de la injusticia. Justificaban su conducta en sus terribles experiencias y ello solía ponerse de manifiesto en situaciones inofensivas. Lentamente se podía devolver a aquellos hombres a la verdad de que nadie tenía derecho a obrar mal, ni aun cuando a él le hubieran hecho daño. Los especialistas tuvieron que luchar para hacerles volver a esa verdad, o las consecuencias serían peores.

Otras dos experiencias mentales amenazaban con dañar el carácter del prisionero liberado: la amargura y la desilusión que sentía al volver a su antigua vida. La amargura tenía su origen en aquellas cosas contra las que se rebelaba cuando volvía a su ciudad. Cuando, a su regreso, veía que en muchos lugares se le recibía sólo con un encogimiento de hombros y unas cuantas frases gastadas, el preso solía amargarse preguntándose por qué había tenido que pasar por todo aquello. Cuando oía  las palabras de que no sabían nada del Holocausto o de que su testimonio no era para tanto, porque sus vecinos también habían sufrido la intervención alemana, se hacía siempre la misma pregunta de si no tenían nada mejor que decirle.

La experiencia de la desilusión era distinta. En este caso no era ya el vecino, cuya superficialidad y la falta de sentimientos disgustaban tanto al prisionero que se sentía mal por el desapego con el que era recibido. Al preso, le parecía cruel el comportamiento de su entorno social a su vuelta a casa. El hombre que durante años había creído alcanzar el límite del sufrimiento, se encontraba con que el padecimiento no tenía límites y con que todavía podía sufrir más intensamente.

Cuando los especialistas hablaban de los intentos de infundir ánimo en el prisionero para superar su situación, decían que había que mostrarle algo que le hiciera pensar en el porvenir. Había que recordarle que la vida todavía le estaba esperando, que un ser humano aguardaba a que él regresara. Pero después de la liberación, algunos se encontraron con que nadie les esperaba. Desgraciado de aquel que halló que la persona cuyo recuerdo le había dado el valor en el campo ya no vivía, o que  cuando llegó el día de sus sueños, encontró todo distinto a como lo había añorado. Pobre del prisionero miserable que viajó hasta la casa que durante años había tenido en su mente para encontrarse con que la persona que tendría que abrirle la puerta no estaba allí, ni nunca volvería.

Redactado: Eduardo Acín (Periodista) & Sara Broto (Escritora y compositora)

Bibliografía:

Primo Levi. (2002) Si esto es un hombre, Barcelona: Muchnik editores S.A.

Viktor E. Frankl. (1991) El Hombre en busca del sentido, Barcelona: Editorial Herder.

Jorge Semprún. (2001) Viviré con su nombre, morirá con el mío, Barcelona: TusQuest Editores.

Jorge Semprún. (2007) La Escritura o la vida, Barcelona: TusQuest Editores.

Kuper, Simon. (2012) Ajax, the dutch, the war: the strange tale of soccer during Europe´s darkest hour, Nueva York: Bold type books.

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