Edourad Hamel: el futbolista exterminado en un campo de concentración (I)

La biografía del futbolista

Edourad Hamel continúa siendo un gran desconocido y, dadas las escasas, pero alentadoras e intuitivas pistas recopiladas sobre su carácter, a través de algunos testimonios, podríamos aventurarnos a afirmar que ese desconocimiento sobre su figura pesará siempre, sin tan siquiera saberlo, sobre nuestra conciencia.

Hamel nació en Nueva York el 21 de octubre de 1902. El futbolista forma parte no nimia de la historia del Ajax de Ámsterdam, equipo en el que militó como extremo derecho entre los años 1922 y 1930, y con el que anotó ocho goles en 125 partidos de liga.  El deportista comenzó a jugar al fútbol en las calles neoyorquinas, y emigró a los Países Bajos junto a su familia cuando era un adolescente. Durante su juventud, fue incorporado en las filas del club ajacied, por lo que Hamel se convirtió en el primer estadounidense en vestir la camiseta del Ajax. Hasta aquí todo suena vivificante. Sin embargo, su trayectoria se encontraba sellada por la condena de su origen semita. Hamel tenía ascendencia judía y fue este decoroso apunte el mismo que lo sepultaría a la muerte. El contexto histórico en el que se esbozó su vida no fue, precisamente, el más favorecedor. Una de las personas que más información ha aportado sobre él ha sido Leon Greenman, activista británico antifascista, quien, a fecha de 7 de marzo de 2008, sería el último sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz en fallecer.

Greenman, nacido en Londres, pero de ascendencia judío-neerlandesa, se mudó en su infancia a los Países Bajos. Hamel también se había trasladado en su juventud allí. El primero pasó sus días en Rótterdam, hasta que el barrio judío en el que vivía fue bombardeado. El segundo, en cambio, vivió sus años de soltero en Amstelkade, uno de los barrios más elegantes del sur de Ámsterdam. En el momento de la invasión, Hamel habitaba en otra vivienda, a tan solo dos calles de la casa en la que residió Anna Frank junto con su familia.

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Retrato de Leon Greenman Fotografía: BBC

Greenman, futbolista amateur y boxeador semiprofesional, estaba casado y tuvo un hijo con su esposa durante la contienda. En un primer momento, confió en la palabra del Primer Ministro de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, quien había afirmado vía radio que, a pesar de los precedentes bélicos, “no habría una nueva guerra mundial”. Sin embargo, el deportista tenía el claro presentimiento de que estaría más seguro afincado en Londres que en Rótterdam. Greenman tenía razón, ya que casi dos meses después de nacer su hijo, los Países Bajos fueron invadidos por los nazis. Por su parte, Hamel estaba felizmente casado con Johanna Wijnberg, y el 19 de abril de 1938, su mujer dio a luz a dos gemelos, que fueron llamados Paul y Robert. Ambos futbolistas no pudieron demostrar nunca su origen anglosajón ante los alemanes, ya que por diversas circunstancias, no poseían los pasaportes que certificasen que Hamel y Greenman eran americano e inglés, respectivamente.

En la tarde del 8 de octubre de 1942, el boxeador fue llevado junto a su familia al Hangar 24 del puerto de Rótterdam y, posteriormente, fue trasladado a la ciudad neerlandesa de  Hooghalen, en donde se situó el campo de Westerbork. Allí conoció a Hamel. Desde este campo de tránsito fueron deportados miles de judíos hacia los campos de concentración de Europa Oriental. En este lugar, más de 50.000 individuos fueron introducidos en diversos trenes con destino al Lager de Auschwitz. En aquellos momentos, Greenman estaba tan enfocado en conseguir su documentación británica que apenas hizo relación con el futbolista del Ajax.

Finalmente, ambos jugadores fueron deportados a Auschwitz-Birkenau, que fue un campo de concentración y de exterminio situado en Polonia, en un tren que cargaba a unos 700 judíos neerlandeses. Una vez allí, los alemanes se llevaron por separado a las mujeres y a los niños en camiones abiertos, bajo la promesa de que las familias se reunirían todos los fines de semana. Pasaban las semanas y ambos varones preguntaban a los prisioneros más veteranos qué pasaba con sus esposas e hijos, mientras éstos simplemente se limitaban a señalar hacia el cielo cuando se les interpelaba sobre tal cuestión. Y estaban en lo cierto, habían sido asesinados en las cámaras de gas.

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Eddy Hamel posa junto a varios compañeros del Ajax de ámsterdam en 1926. Fotografía: Sport Illustrated

Lo que Greenman no sabía es que aquella misma mañana en la que subió al tren, camino a Auschwitz-Birkenau, habían llegado los pasaportes de toda su familia, que demostraban su nacionalidad inglesa, a manos del administrador del campo de tránsito, quien ordenó inmediatamente, pero ya demasiado tarde, que fueran llamados a declarar en una entrevista. Por otro lado, Hamel podría haber sido destinado al campo de exhibición de los judíos protegidos, si hubiera jugado más recientemente en el Ajax de Ámsterdam, o si hubiera gozado de una mayor popularidad como futbolista. Sin embargo, el jugador estadounidense sí que era bastante popular, ya que militó en dos clubes de alto prestigio, como eran el AFC (Amsterdamsche Football Club) y el Ajax. De hecho, en su primer equipo contaba con el apoyo total de todos los seguidores. Hamel tenía la reputación de ser un buen deportista, y siempre respetaba a los rivales. Tras retirarse del Ajax, fue entrenador de un equipo local, el Alcmaria Victrix, y cuando los alemanes invadieron los Países Bajos, estaba a cargo como técnico de un club judío, el Ámsterdam HEDW.

Él y Greenman trabajaban juntos en el campo, y compartieron barraca y litera. Al principio eran ocho prisioneros en el mismo lecho, hasta que sólo quedaron tres. Ambos dormían espalda contra espalda para entrar en calor. Greenman, en un testimonio recogido años después, recordaba a Hamel como “un caballero desde el primer día hasta el último. Siempre tenía un rostro calmado y amistoso, y presentaba una voz tranquila”.

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Hamel posa con la camiseta del Ajax. Fotografía: The Times

Ambos deportistas eran inusualmente fuertes, ya que poseían un cuerpo atlético, pero tras tres meses en el campo de concentración, llegó el día de la Gran Selección. Durante esta jornada los prisioneros eran minuciosamente observados por los alemanes al mando, desde el punto de la mañana hasta la noche. Los presos eran despojados de su ropa y  eran enfilados fuera de los barracones. Hamel le susurró, tras una agonizante espera, a Greenman un inquietante: “Leon, ¿qué me va a pasar? Tengo un absceso en la boca”. Los nazis hacían una separación en dos bandos, a izquierda o derecha, en función de si estaban enfermos o sanos. Aquellos que no desprendían una suficiente vitalidad eran mandados de inmediato a la cámara de gas. Greenman fue dirigido a la derecha, mientras veía como su compañero de viaje era enviado a la izquierda. Hamel moriría así, asesinado, según los registros, el 30 de abril de 1943, aunque Greenman cree que fue algunos días antes.

Dos deportistas unidos y separados por un mismo elemento: Auschwitz. El boxeador finalmente sobrevivió y fue liberado junto a otro compañero. Sólo sobrevivieron ellos dos de entre los más de 700 judíos que un día fueron pasajeros de un mismo tren hacia Auschwitz. Tras su liberación, quiso devolver todo el respeto y el cariño que había recibido del extremo derecho, Eddy Hamel, y le escribió dos cartas a su antiguo equipo, el Ajax. El club se sintió tan agradecido, que las publicó como parte de un artículo dedicado al ex-jugador.

La selección activa y pasiva

Una vez que los prisioneros entraban en Auschwitz, les decían que dejaran el equipaje en el tren, que formaran dos filas, una de mujeres y otra de hombres, y que desfilaran ante un suboficial de las SS. Ninguno tenía ni la más remota idea del siniestro significado que se ocultaba tras aquel movimiento de su dedo, que señalaba unas veces a la izquierda y otras a la derecha. Si enviaban a un individuo a la derecha significaba que realizaría trabajos forzados, mientras que si le mandaban hacia la izquierda, se dirigiría a la zona de los enfermos y de las personas incapaces de trabajar, a quienes enviaban a otro campo. Se trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre la existencia o la no existencia. Para la gran mayoría de los prisioneros, significó la muerte. Los que fueron enviados hacia la izquierda marcharon directamente desde la estación al crematorio. Dicho edificio, tenía escrito sobre sus puertas en varios idiomas europeos la palabra baño. Al entrar, a cada persona se le entregaba una pastilla de jabón, y después la muerte.

No siempre se siguió este sistema de discriminación entre útiles e improductivos, y más tarde se adoptó un método menos complejo, en el que se abrían los dos portones de los vagones, sin avisos ni instrucciones a los recién llegados. Entraban en el campo los que el azar hacía bajar por un lado del convoy; los otros iban a las cámaras de gas. Desaparecieron en un instante, a traición, mujeres, padres, e hijos. Nadie pudo despedirse de ellos.

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Fotografía: Auschwitz.net

El proceso de selección era la señal para una lucha abierta entre unos grupos contra otros. Lo único que importaba es que el nombre de uno mismo o el de un amigo fuera tachado de la lista de las víctimas, aunque se sabía que por cada hombre que se salvaba se condenaba a otro. En cada traslado tenía que haber un número determinado de pasajeros, quien fuera no importaba tanto, puesto que cada uno de ellos no era más que un número. No había tiempo para consideraciones morales o éticas, ni había deseo de hacerlas. Se mantenían vivos los prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia; y estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio, fuera honrado o despreciable, en donde los cautivos eran capaces de usar la fuerza bruta o la traición, con tal de salvarse.

Pero las selecciones no se producían sólo al arribar al Lager. Sucedían también cuando había una sobrepoblación de prisioneros en el campo. Cuando se desmontaban diversas tiendas donde se hospedaban los prisioneros, existía un exceso de cautivos. Los presos veteranos sabían que estas irregularidades no les gustaban a los alemanes. De este modo, intuían que sucedería algo que haría disminuir el número de cautivos: una nueva selección. En estos casos, nadie estaba tan seguro de su suerte como para tener el valor de condenar a otro compañero, y decirle que le iban a seleccionar para la cámara de gas.

Los guardias le daban a cada prisionero una ficha con sus datos personales. Delante estaba el árbitro de su destino, un oficial de las SS. El nazi, en una fracción de segundo, mediante una mirada de frente y de espaldas, decidía la suerte de cada uno. Entregaba la ficha al hombre que estaba a su derecha o a su izquierda. Esto significaba la vida o la muerte de cada uno de los presos. En tres minutos, una barraca de doscientos hombres estaba seleccionada. Una vez efectuada la selección, los prisioneros se amontonaban en torno a los más débiles. Sus fichas habían ido a la izquierda, por lo que la izquierda era con toda seguridad el lado de los condenados a muerte.

Sin embargo, hubo una serie de irregularidades. Algunos jóvenes y robustos terminaron en la izquierda por un simple descuido. Eran normales las equivocaciones, ya que el examen era muy rápido. Lo importante no era que fueran eliminados los inútiles, sino que una serie de plazas quedaran libres de acuerdo a un número preestablecido.

Segunda parte.

Redactado: Eduardo Acín (Periodista) & Sara Broto (Escritora y compositora)

Bibliografía:

Primo Levi. (2002) Si esto es un hombre, Barcelona: Muchnik editores S.A.

Viktor E. Frankl. (1991) El Hombre en busca del sentido, Barcelona: Editorial Herder.

Jorge Semprún. (2001) Viviré con su nombre, morirá con el mío, Barcelona: TusQuest Editores.

Jorge Semprún. (2007) La Escritura o la vida, Barcelona: TusQuest Editores.

Kuper, Simon. (2012) Ajax, the dutch, the war: the strange tale of soccer during Europe´s darkest hour, Nueva York: Bold type books.

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