Subiluliuma I (1.370 AC – 1.342 AC)

El Imperio Hitita

Tras un periodo de crisis, rodeado de enemigos externos y a merced de las incursiones del pueblo gasga, que llegaron a incendiar la capital hitita de Hattusa, el Reino Hitita conocerá un nuevo periodo de apogeo que le permitirá, tras conquistar las regiones de Anatolia, instaurar un gran imperio.

El artífice de la recuperación militar y política de los hititas fue Subiluliuma. El monarca era el hijo de Tudaliya III. Su progenitor accedió al trono en una situación muy precaria y difícil. Durante el reinado de su padre, combatió contra los gasga y contra el Reino de Hayasha. Este reino estaba situado en un territorio repleto de bosques y de montañas, lo que dificultó el desarrollo y el triunfo de las operaciones militares. El Reino de Kizzuwatna permanecía sometido al Reino de Mitanni. Este hecho bloqueaba la expansión de los hititas más allá de la zona de los montes Tauro. Por otra parte, el Reino de Arzawa se convirtió en una entidad política muy poderosa, ya que realizaba diversas operaciones diplomáticas con el faraón Amenofis III egipcio.

Subiluliuma derrotó al ejército gasga, tras emprender una serie de campañas militares fructíferas. También venció a los reinos de Hayasha, Arzawa e Ishuwa. Por lo tanto, el poder y la influencia hitita volvió a triunfar en la región de Anatolia. El monarca también conquistó y se anexionó el Reino de Kizzuwatna, tras derrotar al Reino de Mitanni. Tras conseguir estas victorias, Subiluliuma posó su mirada y sus aspiraciones militares hacia los territorios del norte de Siria.

En ese instante comenzó una cruenta guerra contra el Reino de Mitanni. Subiluliuma atacó esta entidad política. El monarca se hizo con el control de la ciudad de Alepo, y obtuvo la sumisión de numerosos monarcas sirios durante la primera campaña militar. El rey mitannio Tushrata organizó una coalición para frenar el avance hitita, que incluía a los reyes de las ciudades de Alepo, de Qadesh y de Damasco entre otras urbes. Este hecho provocó que Subiluliuma interviniera de nuevo en los territorios sirios. El monarca volvió a triunfar e invadió al país mitannio. El rey hitita atacó la capital hurrita de Wassuganni, que era la urbe en la que se había refugiado el rey mitannio Tushrata. Éste tuvo que huir precipitadamente de la ciudad.

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Fuente: ABC

Subiluliuma llegó hasta Siria, y conquistó la mayor parte de las ciudades, como Alepo, pero no logró controlar Damasco. Tras las continuas derrotas, el Reino de Mitanni también perdió el control sobre esta región. Posteriormente, la ciudad de Ugarit y el Reino de Amorru, que eran dos territorios sometidos a Egipto, declararon su sumisión a los hititas. Las fronteras egipcias retrocedieron hasta la ciudad de Biblos en las zonas de la costa y hasta el valle de la Beqaá en las áreas del interior.

El faraón Amenofis IV lanzó una campaña para recuperar la ciudad de Qadesh. Esta urbe era un gran enclave estratégico en Siria. Por su parte, el monarca mitannio Tushrata trató de liberar la ciudad de Karkemish, que estaba siendo asediada y sitiada por el monarca hitita. Subiluliuma tuvo un tercer problema, y es que algunos principados sirios acometieron una revuelta para reconquistar la mayor parte de la región. El monarca logró aplacar el alzamiento y castigó a los rebeldes, arrebató Qadesh a los egipcios y se hizo con el control de Karkemish.

Las conquistas de Subiluliuma restauraron el prestigio y el poder hitita en la región. El dominio del monarca estuvo propiciado por la inactividad militar de los faraones egipcios Amenofis IV y Tutankhamon. El rey hitita instauró un poderoso imperio, que inquietó a los reyes del Reino de Mitanni y a los faraones de Egipto. Tras la segunda campaña siria, los reyes y los príncipes rebeldes fueron remplazados en sus tronos por los hombres de confianza de Subiluliuma. Posteriormente, los hijos del monarca hitita dirigieron los reinos de Karkemish y de Alepo, en donde firmaron una serie de pactos, que aseguraban bajo juramento, la sumisión y la lealtad de los regentes locales que se habían sometido al dominio hitita.

El auge del Imperio Hitita fue tan demoledor e implacable que la ciudad de Hattusa, la capital imperial, tuvo un gran crecimiento y se convirtió en una de las mayores ciudades de la época.

La estructura política del Imperio Hitita

El Estado hitita presentaba un carácter muy poco compacto. La Familia Real estaba ligada por medio de matrimonios con la nobleza. Este hecho no siempre aseguraba una cohesión política interna, ya que muchos miembros de la realeza poseían aspiraciones políticas y se consideraban con el derecho suficiente para pretender albergar pretensiones al trono y posiciones preeminentes en la corte real.

Dentro de la jerarquía política, los cargos más altos eran ocupados por los miembros de las familias más ricas y por los hijos del rey, que eran los representantes de las familias más poderosas de la nobleza y los parientes del monarca. Estos individuos constituían la Corte real. Estas personas ocupaban los puestos más altos de la administración de las provincias, y se encargaban del mando de las tropas. Estos hombres tenían que realizar un juramento de fidelidad al monarca hitita. Este documento era redactado por escrito y se detallaban en su interior de forma muy concreta sus obligaciones políticas. Los integrantes de esta administración política formaban una composición poco burocrática y escasamente profesionalizada.

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Fuente: ABC

El país de Hatti era el núcleo geográfico y político del Imperio Hitita. El imperio estaba organizado en provincias confiadas a una serie de gobernadores, que eran miembros de la nobleza y familiares del monarca. La administración de los territorios exteriores periféricos, que eran las regiones sometidas que estaban más allá de Anatolia, estaba regida por los alcaldes, que se encargaban de gobernar los asuntos civiles, y por los jefes de la guarnición, que se dedicaban a planificar y a organizar las tareas militares. Estos gobernadores respetaban la cultura y las costumbres locales, aunque solían recibir una serie de instrucciones y de consignas procedentes del monarca. Estos mandatos trataban mayoritariamente sobre asuntos de seguridad. Los territorios exteriores sometidos que tenían un gran valor estratégico, como Karkemish y Alepo, eran dirigidos directamente por los príncipes de la familia real.

Las relaciones internacionales y el carácter de la realeza

A mediados del II Milenio, se produjo una transformación de la realeza a consecuencia de la confluencia de dos factores principales. El primer aspecto provenía de las circunstancias propias de la política regional que caracterizó el periodo. Todo el territorio estaba dividido en grandes imperios, que estaban gobernados por poderosos monarcas, que tenían a su disposición a una numerosa Corte real y en pequeños reinos y principados, que estaban dirigidos por pequeños reyes, que vivían en pequeños palacios, y que a su vez eran vasallos de los monarcas imperiales más poderosos. El segundo factor procedía de las vicisitudes del ambiente social de la época, que estaba caracterizado por el auge de una aristocracia militar, que se convirtió en el soporte fiel del poder real.

El monarca ya no era el jefe y el representante de la comunidad ante los dioses, y pasó a constituirse en el líder de una restringida y escasa élite de poder. El rey ya no era el protector de los débiles y de los oprimidos, y se convirtió en el cómplice de los poderosos y de los opresores. El soberano convivía con su Corte Real y combatía junto a ellos en su ejército. El rey dejó de proclamar los edictos de remisión, que era un documento que estaba destinado a restablecer la justicia en el reino. Estos edictos servían para perdonar las deudas a los pobres y para aliviar la precaria situación económica de los individuos más humildes. Los monarcas comenzaron a perseguir a los fugitivos que huían de las tremendas cargas tributarias en que se habían transformado las imposiciones fiscales y las prestaciones económicas obligatorias a palacio.

Ante el gran deterioro social que se produjo durante este periodo, los reyes reaccionaron con violencia y con dureza, en vez de con justicia. Las prioridades de los monarcas no estaban vinculadas a asegurar el bienestar de su pueblo, sino en agasajar y contentar a sus colaboradores fieles del ejército y de la administración de palacio.

Durante esta época, se produjeron constantes conflictos bélicos. Los grandes imperios y los pequeños reinos y principados, que estaban sometidos a las poderosas entidades políticas imperiales, estaban envueltos en incesantes guerras. En este contexto, adquirió preponderancia la observación del monarca con un marcado carácter de rey heroico, que poseía unas grandes dotes y cualidades de fuerza, de energía y de valor. Las nuevas tácticas de batalla y el moderno armamento militar hacían de los conflictos unas guerras especializadas. Por eso, el rey dependía de sus mejores combatientes y de sus modernas armas para ganar las batallas y cumplir sus hazañas militares. Por lo tanto, la idea del monarca heroico, contemplado como un hábil y capacitado guerrero, comprometía a su prestigio cuando las circunstancias adversas no hacían posible un triunfo militar.

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Fuente: ABC

El principal problema que tenía el monarca consistía en la lealtad. Existía muy poca fidelidad entre los distintos reyes y entre los funcionarios y los oficiales militares hacia sus soberanos. Los reyes más poderosos se denominaban entre ellos con el apelativo de hermanos. Este hecho reconocía la existencia de una relación horizontal, es decir, entre iguales, de unos soberanos imperiales con sus homónimos. Esta consideración de igualdad estaba vigente al margen del carácter pacífico o conflictivo de un monarca.

Los grandes reyes exigían la fidelidad y el sometimiento de los pequeños monarcas y príncipes que les rendían tributo y vasallaje. Existía una relación vertical entre ellos. Esta relación vertical era muy similar a la que los soberanos mantenían con sus funcionarios y administradores de la Corte real. Un monarca imperial ayudaba únicamente a otro menos poderoso por su propio interés, ya que el rey vasallo y tributario era contemplado como una pieza más de la estrategia del soberano poderoso.

Si un gran rey imperial se desentendía de las peticiones de ayuda y de apoyo que le hacían los monarcas y los príncipes vasallos y tributarios, éstos podían romper su fidelidad y buscar un soberano poderoso más proclive a cumplir sus demandas de auxilio. Los monarcas y los príncipes vasallos y tributarios también solían quebrar su lealtad a un gran rey imperial si éste perdía su poder por culpa del ataque de una entidad política regional o de otro imperio o debido a una grave crisis interna del gobierno.

Los reyes poderosos mantenían una especie de equilibrio entre la fidelidad absoluta que le mostraban los reinos vasallos y tributarios y la necesidad práctica de alimentar esa lealtad. Los soberanos imperiales tenían que cumplir alguna de las peticiones que les efectuaban los reyes y los príncipes vasallos y tributarios sobre la protección de sus tronos ante sus enemigos y los posibles usurpadores. Además, estos monarcas solían ser fieles y leales por temor a las represalias de los dirigentes poderosos. De esta forma, la fidelidad de los reyes y príncipes vasallos y tributarios, que estaba expresada mediante un juramento ante los dioses, quedaba muy condicionada por el proceder del soberano imperial. De esta forma, estos reyes y príncipes menores se convertían en sus súbditos y en sus vasallos.

Los monarcas poderosos trataban a los habitantes de sus ciudades de forma muy precaria y deficiente. Los reyes no se preocupaban por el bienestar del pueblo. Los soberanos prometían proteger,  ayudar y apoyar a los individuos a cambio del pago de impuestos y de prestaciones personales individuales. Sin embargo, los habitantes se convirtieron en siervos de los monarcas.

Realizado por Eduardo Acín (Periodista)

Bibliografía:

González Wagner, CarlosHistoria del Cercano Oriente. Salamanca: Universidad de Salamanca. 1999.

Liverani, MarioEl Antiguo Oriente: historia, sociedad y economía. Barcelona:Crítica, 1995.

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