La formación de las juntas y el sentimiento antiborbónico durante la Revolución de 1868 a través de la prensa

Las juntas de gobierno provisionales

Las juntas clandestinas

Las juntas clandestinas se dedicaron a buscar y a coordinar los medios para hacer la revolución. Jugaron un destacado papel en el triunfo revolucionario, que culminó con la formación de las juntas de gobierno. Las adscritas a un partido político representaban a éste y en Madrid existía la Junta clandestina de coalición. Era una Junta revolucionaria que formaban los progresistas adictos a Prim y los unionistas vinculados a Dulce. La Correspondencia de España relató el 6 de noviembre de 1865 que las juntas clandestinas revolucionarias habían funcionado en Madrid “a pesar de las constantes persecuciones y las pesquisas de los agentes del gobierno”. El diario comentó que la Junta permanecía velada “por el más impenetrable misterio y era el alma de todos los trabajos revolucionarios”. El periódico también nombró la existencia de otras juntas, una progresista y otra democrática que “estaban relacionadas con la anterior”.

La represión gubernamental de 1866 suprimió los periódicos afines y obligó a los jefes revolucionarios al exilio. Desapareció la cobertura legal de la que habían gozado los partidos extraparlamentarios, pasando sus comités a la existencia semiclandestina y a una actividad volcada a los trabajos revolucionarios. La Junta de Madrid elaboró un Manifiesto, el 26 de septiembre de 1867, en el que solicitaba el inicio de la revolución:

Han precipitado los sucesos, disuelto los partidos y traído todo a punto de que ya no quepa, ni se vislumbre en el horizonte, nada sino la Revolución. Tan opuesta esta Junta a todas las aspiraciones oligárquicas, tan adicta a la soberanía de la Nación, tan entregada a la guerra contra esa dinastía rebelde que, a nombre de qué derecho divino la usurpa, la Junta revolucionaria de Madrid declara que jamás escuchará la sugestión de aquellos que no hayan jurado públicamente el destronamiento de todos los Borbones.
La Gloriosa e Isabel II
Fuente: ABC

Las ciudades ofrecían a los centros revolucionarios mayores oportunidades para desarrollar su actividad clandestina y así, obtener y canalizar la información, dirigir la propaganda y distribuir los medios humanos y materiales. Los centros clandestinos estaban formados por un número variado de personas. Los centros desempeñaban funciones directivas, por lo que tenían un orden jerárquico. Mantenían una estructura formal mínima, reducida a una cúpula directiva, compuesta por un presidente y un secretario, y diferentes comisiones que se encargaban de la propaganda o el armamento. También existía una parte organizativa informal para movilizar a los correligionarios. Las juntas clandestinas no pasaban de ser reuniones políticas informales, celebradas en casa de uno de sus miembros, en las cuales se hablaba de la marcha de los trabajos revolucionarios. Las reuniones secretas no tenían una frecuencia fija y se celebraban cuando las circunstancias lo exigían.

Las juntas clandestinas eran núcleos revolucionarios, gracias a la cantidad de redes y tramas que por ellos confluían. Los propios generales rebeldes del pronunciamiento de Cádiz dispusieron del suficiente número de ramificaciones de estas redes de conspiración con el fin de evitar desacuerdos entre los grupos de la coalición revolucionaria. Las juntas cumplieron también un papel de propaganda a través de periódicos clandestinos, que cubrieron la demanda que no pudo satisfacer la amordazada prensa legal de oposición. Estos diarios secretos crearon una opinión favorable a la causa revolucionaria.

Las juntas de gobierno provisionales

Durante los días en los que sucedió el pronunciamiento de Cádiz y la batalla de Alcolea, las élites revolucionarias urbanas fueron perfilando la nómina de los integrantes de las juntas de gobierno, sometiendo a consenso las proclamas que debían resonar el día del triunfo y dirimiendo las medidas a tomar por las juntas al instalarse en el poder. Estas negociaciones sobre candidatos y programas reforzaron la coalición revolucionaria y evitaron disputas a la hora de repartirse el gobierno.

El triunfo de la Revolución en Madrid, donde los hechos se desencadenaron el 29 de septiembre, marcó la generalización de los alzamientos en el territorio. Hasta media tarde hubo una pasividad en las capitales debido al estado de la guerra y de la incertidumbre por el pronunciamiento. La Junta madrileña transmitió por telégrafo que la ciudad se había alzado pacíficamente y con éxito. Por las ciudades corrió el rumor de la victoria de Alcolea y del triunfo de la revolución. Durante el estado de guerra, el telégrafo estuvo restringido, pero los empleados integrados en la trama revolucionaria confirmaron la veracidad de las informaciones, lo que contribuyó a adelantar los sucesos.

El modelo de transferencia pacífica del poder a las juntas requería la existencia de un único grupo revolucionario cohesionado. Las facciones liberales actuaban coaligadas en su lucha por derrocar al régimen. Los revolucionarios se enfrentaron a las autoridades isabelinas para conocer su posición durante el alzamiento, pero en ocasiones, el gobierno contactó con los jefes revolucionarios para negociar la forma de transferirles el poder y de establecer una colaboración que evitase alteraciones de orden público.

Los cabecillas revolucionarios movilizaron a sus partidarios y los concentraron en las plazas de los ayuntamientos sin que las fuerzas públicas reprimieran a los manifestantes. En las calles se formaban grupos sin que nadie fuese a disolverlos. Esta permisividad de las autoridades posibilitó que fueran más personas a los centros políticos de las ciudades. La congregación de gente en la calle y los gritos subversivos, que buscaban poner a prueba a los agentes de la autoridad, no significaron una demostración de fuerza, sino que el propósito de los agentes revolucionarios era inducir el mantenimiento de una actitud pacífica, favorecer el entendimiento con los soldados y vigilar que no se produjesen ataques a las propiedades o a las personas. El periódico monárquico La Época señaló el orden que había en las ciudades y la pasividad de la Guardia Civil ante las movilizaciones sociales, en su edición del 30 de septiembre de 1868:

Los hombres de todas las opiniones liberales están haciendo colectiva é individualmente los mayores esfuerzos para que ningún desorden venga á empañar el glorioso triunfo de la libertad, y ningún hombre que se llame liberal y honrado dejará de contribuir en cuanto esté á su alcance para que se realicen los justos deseos y patrióticas aspiraciones de la Junta revolucionaria. […] Las tropas del ejército y la Guardia civil han visto espender y circular el Boletín revolucionario, sin poner impedimento á los que le distribuían, y sin contrariar en manera algunas las manifestaciones populares.

En las concentraciones callejeras no hubo una actitud agresiva contra los agentes del orden, lo que facilitó que los acontecimientos se sucediesen sin incidentes. Así lo atestiguó el periódico La Iberia:

La capital de España está entregada a sí misma. Unos 40.000 hombres armados recorren las calles de Madrid en grupos más o menos numerosos. Ni un crimen, ni un delito, ni un esceso. Este es el orden de la libertad que no teme las masas armadas, porque esas son las soberanas. El Pueblo al respetarse, respeta su soberanía. ¡Qué lección más elocuente!.

Antes de producirse los alzamientos, se celebraron reuniones informales para elegir a las futuras juntas revolucionarias. Los jefes sellaron su alianza política y acordaron quiénes iban a ser los vocales de la Junta que se constituiría obteniendo la pública y legitimadora aclamación popular. Esta elitista y nada democrática elección popular estaba arraigada entre los políticos. En los pocos casos en los que se consideró necesario nombrar una Junta, esta se improvisó a brazo alzado entre los que se prestaban para tal menester. Casi todos los voluntarios eran destacados miembros de los partidos. En definitiva, la mayoría de los jefes revolucionarios fueron seleccionados bajo un pacto de designación.

Una vez constituida la Junta revolucionaria, se legitimaba ante quienes aguardaban en la plaza pública o el ayuntamiento. Los miembros salían a los balcones y uno de ellos anunciaba la caída del régimen y pronunciaba un discurso. Las proclamas de los días 29 y 30 de septiembre versaron sobre el fin de la tiranía y el inicio de la libertad. Así redactó el periódico La Iberia los hechos el 30 de septiembre de 1868:

Todo Madrid apareció anoche espontáneamente iluminado, todos los balcones ostentaban a la par vistosas colgaduras, y por doquier era general el regocijo. Numerosas músicas y grupos de paisanos armados, mezclados con los militares recorrían las calles dando entusiastas ¡Vivas! a la libertad y ¡Mueras! a la que para su mal fue la reina. Loar al pueblo que de tal modo se muestra digno de las libertades de que con manos arteras les había sido privado por los tiranos.

Los discursos mencionaban que la Junta estaba integrada por hombres que se habían señalado en la defensa de las reclamaciones populares. Las proclamas terminaban con las llamadas al orden para demostrar a los moderados que el pueblo era digno de su libertad.

La expresión aclamación popular, referida a la ratificación de las juntas revolucionarias provisionales, se entendía como que el pueblo legitimaba a la Junta mediante el aplauso público sin necesidad de efectuar una elección a través de un escrutinio democrático. El discurso era el preludio y la justificación del beneplácito que los gobernados otorgaban a los nuevos gobernantes. Con los vítores de asentimiento de la población se iniciaba la fiesta revolucionaria. Este ritual servía como procedimiento de legitimación popular. Así describió La Correspondencia de España el discurso legitimador de Amable Escalante ante el gentío:

Anoche se presentó en la Puerta del Sol una concurrencia tan numerosa que apenas se podía transitar. Algunos miembros de la Junta que se hallaban en el edificio se presentaron en el balcón, siendo vitoreados por el pueblo. El Sr Escalante dirigió un discurso recomendando el mayor orden para consolidar la liberad, la libertad que permite el ejercicio de todos los derechos, y entonces el público aplaudió con mayor entusiasmo, prorrumpiendo un murmullo espontáneo de aprobación que resulta de mil ó dos mil voces que acentúan y manifiestan sentimientos arraigados.

Uno de los objetivos de la ratificación de la Junta por aclamación popular fue lograr la marginación de los discrepantes con el nuevo gobierno, dada la coacción que ejercieron las manifestaciones públicas de aprobación. El elitismo del proceso también se manifestó en el apresuramiento del acto de la aclamación popular, ya que gracias a él, las juntas quedaban instaladas en el poder y legitimadas para hacer uso de la fuerza, reprimiendo a los que intentasen subvertir el orden revolucionario.

caricatura-1870
Fuente: ABC

En Madrid se formaron dos juntas revolucionarias que coexistieron durante unas horas el día del alzamiento. Una de las juntas, la que había reemplazado en el poder al gobierno isabelino, estaba presidida por Madoz y se instaló en el ayuntamiento. La otra lo hizo en el Ministerio de la Gobernación, bajo la presidencia del coronel Amable Escalante. La Junta de Escalante era demócrata y monárquica, formada por integrantes de escasa popularidad mediática. La Junta de Madoz era de coalición, y sí contaba con figuras renombradas del Partido Demócrata, como el republicano Figueras. Ninguna de las juntas revolucionarias del distrito municipal reconoció el gobierno de Escalante. El militar había estado preso la víspera del pronunciamiento de Cádiz y el 29 de septiembre fue llevado hasta el edificio de Gobernación y constituyó su Junta al desconocer la existencia de la de Madoz, para evitar que Serrano formase un gobierno conservador en la capital. Al final, Escalante aceptó el 29 de septiembre unir su Junta a la de Madoz y establecer su sede en el Ministerio de Gobernación.

El sentimiento antiborbónico de la Revolución

Las juntas nombraban a los ayuntamientos interinos, que eran las corporaciones locales que hacían posible que no se apagase el espíritu revolucionario. La llegada de militares ilustres fomentaba la unión entre el pueblo y el ejército. Esa alianza se escenificaba con los abrazos entre las autoridades populares y los generales, o con los desfiles de la milicia de los Voluntarios de la Libertad junto a las tropas del ejército. Era un ejército redimido por haberse rebelado contra la tiranía. Al ostentar sangre liberal, el ejército había vuelto al seno del pueblo y fundido con éste, alcanzaba la consideración de ejército libertador. El periódico La Esperanza lo describió así:

Solamente al saberse de un modo seguro la derrota del marques de Novaliches, han recorrido las calles algunos grupos vitoreando á la libertad y á la soberanía nacional. Las tropas del ejército han demostrado hoy su patriotismo. Se han mezclado con el pueblo, sin abandonar su facción ni mostrar oposición al entusiasmo de las masas.

El grito de ¡Abajo los Borbones! está unido a la propia Revolución de 1868. El pueblo festejó la caída de Isabel II. Por primera vez en España, un monarca era derrocado sin que fuera proclamado otro. Así lo expresaba el diario La Discusión el seis de octubre de 1868:

Es falso, de todo punto falso, que el alzamiento  haya lanzado á España en los horrores de la anarquía. Quien haya visto la situación del país hace un mes, y vea ahora la tranquilidad que en todas partes reina y el júbilo que anima todos los semblantes, no podrá comprender como Doña Isabel de Borbón se atreve á decir que España está sumida en los horrores de la anarquía, que vá á versé envuelta en la desolación y en la ruina. Nunca hemos disfrutado de más paz, ni nunca hemos presentido un porvenir más halagüeño que desde el día en que hemos oído gritar al pueblo y al ejército con frenético entusiasmo; ¡Abajo los Borbones!.

Se expulsaba a una reina para entrar en un periodo de interinidad, que debía terminar cuando las Cortes democráticas decidieran la forma de gobierno, y en caso de optar por una monarquía, eligiesen un rey.

Los caudillos monárquicos estuvieron de acuerdo en deponer a Isabel II. Topete se inclinaba por la idea de que ocupase el trono otro Borbón, la Duquesa de Montpensier, hermana de la ex-reina. Abogaba por una monarquía constitucional que restableciera los lazos rotos entre los poderes legítimos del pueblo y del trono. Así lo relató La Correspondencia de España el 29 de septiembre de 1868:

Prepararos sólo a oír verdades. Nuestro desventurado país yace sometido años a la más horrible dictadura; nuestra ley fundamental rasgada, los derechos del ciudadano escarnecidos; la representación nacional ficticiamente creada; los lazos que deben ligar al pueblo con el trono, y formar la monarquía constitucional, no están completamente rotos.

De este modo, se limitaría la función de las Cortes a elaborar una Constitución basada en la soberanía compartida. El camino emprendido por Topete estaba destinado a ganarse el apoyo de los monárquicos conservadores que aceptaban una regencia del príncipe Alfonso. Sin embargo esta decisión dividía en dos el campo revolucionario, al excluir a los demócratas republicanos. Prim también apoyaba la monarquía constitucional:

Sin tener en cuenta el horror legendario que tiene el español al dominio extrangero, pensaba Prim a colocar en el trono á un hijo de Víctor Manuel […] Habíamos partido convencidos de que la revolución tendría por consecuencia inevitable la llamada del Duque de Montpensier, si no al trono, sí a la regencia.

Finalmente, la propuesta de Topete fue neutralizada por Prim. El político, a pesar de su ideología monárquica, llamaba a los ciudadanos a tomar las armas en defensa de la Revolución y de la patria para destruir los obstáculos entre los partidos de la coalición, pero sin aventurar soluciones, ya que debía ser el pueblo quien las proporcionase en uso de su soberanía por sufragio universal masculino. Así lo atestiguó el periódico La Iberia el 30 de septiembre de 1868:

Queremos que una legalidad común por todos creada tenga implícito y constante el respeto de todos. (…) Queremos que un Gobierno provisional que represente todas las fuerzas vivas del país asegure el orden, en tanto que el sufragio universal echa los cimientos de nuestra regeneración social y política. Contamos para realizar nuestro inquebrantable propósito con el concurso de todos los liberales, unánimes y compactos ante el común peligro.

Asimismo, el diario El Imparcial también abogaba por la unión de todos los partidos ante una posible división:

La unión entre todos elementos liberales, no solamente para la obra común, sino también contra el enemigo común. Con profundo pesar vemos que la división cunde, que la discordia aumenta, y tenemos que deplorar la ceguedad de ciertas agrupaciones republicanas, que  pueden dar otro resultado que el de poner en peligro la obra gloriosa de la revolución. Cuando la libertad exige que todos los elementos liberales permanezcan agrupados, cuando se sabe que la reacción trabaja por crear dentro del partido republicano una minoría turbulenta que arrastre á ese Partido Liberal ¿qué ceguedad se ha apoderado para caminar á una separación que podría comprometer la causa común? Divide y vencerás es el sistema de los reaccionarios, no lo olviden los republicanos. Cesen, pues, esas discordias nacientes, cálmense las impaciencias, y esperemos todos el fallo que el país ha de dar por medio de sus mandatarios. Unión y prudencia hemos aconsejado antes. Unión y prudencia volvemos á aconsejar ahora.

Los generales monárquicos aceptaron la postura de Prim y anunciaron que correspondía al sufragio universal masculino echar los cimientos de la regeneración social y política.

La_Puerta_del_Sol_en_la_mañana_del_29_de_septiembre_de_1868,_de_Urrabieta
Fuente: ABC

La Junta de Madrid difundió el lema de !Abajo los Borbones! Esta consigna fue compartida por los demócratas y los progresistas, y lograron imponérsela a los unionistas, que firmaron las proclamas antiborbónicas de la Junta. El pueblo, que había aclamado a las juntas, siguió legitimándolas con sus ataques a todo lo que recordase a la dinastía. Las capas populares estaban sufriendo las consecuencias de una crisis económica y culpaban de ella a Isabel II. Esta mentalidad se inició en las élites políticas, ya que los intelectuales consiguieron crear una opinión pública antiborbónica y producir un cambio en la percepción política de las clases bajas. La prensa liberal ayudó a difundir los contenidos programáticos de los revolucionarios y proporcionó pautas de comportamiento político a los junteros y a la población. De este modo lo transmitió el periódico El Imparcial el 30 de septiembre de 1868:

Ya somos libres conciudadanos. El pueblo y el ejército español han mostrado con un vigoroso esfuerzo que merecían serlo, y lo han sido. Les ha bastado solo intentarlo, para que un edificio secular manchado de crímenes, rodase en escombros. Grabad eternamente esta fecha en Vuestro corazón. Ella debe ser la de la redención. ¡29 DE SETIEMBRE! ¡tú eres un día destinado por Dios para marcar en la historia de España grandes y transcendentales sucesos! ¡El 29 DE SETIEMBRE DE 1833 muere Femando VII ¡El 29 DE SETIEMBRE DE 1868 muere su dinastía!! El 29 DE SETIEMBRE es la piedra cronológica que va marcando á través de los años la regeneración de un gran pueblo. Es una fecha sagrada. Españoles: ¡ABAJO LOS BORBONES! VIVA LA LIBERTAD! ¡VIVA LA, SOBERANÍA NACIONAL!.

El carácter antiborbónico que adquirió la revolución se evidenció en la destrucción de símbolos e imágenes que representaban a la ex reina y a su dinastía y a todo lo que recordaba a la etapa de represión anterior. En la Puerta del Sol de Madrid, los militares que confraternizaban con los civiles arrancaron de sus uniformes las coronas e iniciales de Isabel II, sustituyéndolas por cintas de colores que simbolizaban la libertad, la patria y la nación. Los retratos de la reina del Ministerio de Gobernación fueron destruidos y los escudos con las armas reales de los edificios públicos fueron rotos y pisoteados. Los objetos que representaban a la reina eran arrastrados por las calles antes de ser destruidos para avisar a la gente del fin de la monarquía y con el objetivo de que la población manifestase públicamente su repulsa a Isabel II y su adhesión a la revolución. Así lo atestiguó el diario La Esperanza el tres de octubre de 1868:

Un gran número de pueblo se presentó en la Casa Consistorial y se nombró una junta, se tiró á la calle el retrato de Isabel de Borbón, y fue quemado; recorrió las calles de la villa al sonido de la orquesta que tocaba la marcha de Riego intercalada con vivas á la libertad, á Prim, y mueras á los Borbones: ningún desmán, ni menos insulto alguno amenguó la espansion de este siempre morigerado pueblo”.[…]”Salió Doña Isabel del brazo del ex Rey, lloraba muchísimo, y volvía los ojos á todos, embargada de tal modo por el sentimiento que la acongojaba, como que le costaba trabajo dejar el suelo que pisaba por última vez. El pueblo, magnánimo y generoso, callaba y veía aquella escena sin inmutarse, y solo esperaba la hora de que aquella señora abandonase el país, para hacer ver el entusiasmo con que él acogía la transformación que la Revolución justa y digna había operado.

En Madrid desaparecieron las plazas que recordaban a la realeza, como la del príncipe Alfonso o la de Isabel II y fueron sustituidas por los nombres de los líderes de la revolución, como Topete, Prim o Serrano. Predominaron los símbolos progresistas, y un retrato de Prim coronado por laureles fue paseado por las calles entre miles de banderas que proclamaban la libertad, mientras la población gritaba vivas a las proclamas. El origen de estos símbolos era partidista, su significado trascendió los límites del progresismo para que pudieran reconocerse en ellos todos los liberales, incluidos los republicanos.

La fiesta revolucionaria cumplía una función integradora al extender a toda la población el acto legitimador realizado por las personas que habían asistido a los primeros discursos de las juntas y aclamado a sus componentes. Mediante los ritos festivos en la calle se aparentaba dar una participación política a la ciudadanía en la elección de los gobernantes, aunque no se le diera en la práctica y se redujera el papel del pueblo a mostrar públicamente su identificación con los revolucionarios. La legitimidad de las juntas se hacía en virtud de la repulsa al antes y el apoyo al después. La revolución fue una ocasión única, ya que el antes representaba la opresión borbónica y el después la era de la libertad.

Realizado por: Eduardo Acín (Periodista)

Bibliografía:

Anónimo, La Correspondencia de España, 06 de octubre de 1868, p.02.

Anónimo, Manifiesto Junta revolucionaria de Madrid. 26 de septiembre de 1867, p.01.

Gregorio de la Fuente Monge, Los revolucionarios de 1868: élites y poder en la España liberal, Madrid: Marcial Pons. pp.67- 74.

Anónimo, La Época, 30 de septiembre de 1868, p.01.

Anónimo, La Iberia, 30 de septiembre de 1868, p.01.

Anónimo, La Correspondencia de España, 02 de octubre de 1868, p.01.

Anónimo, La Esperanza, 30 de septiembre de 1868, p.01.

Anónimo, La Discusión, 06 de octubre de 1868, p.01.

Juan Bautista Topete, Gaditanos, La Correspondencia de España, 29 de septiembre de 1868, p.03.

Francisco de Leiva y Muñoz, La Batalla de Alcolea ó memorias íntimas, políticas y militares de la Revolución española de 1868, Córdoba (1879). pp. 173 – 200.

Juan Prim, Españoles, La Iberia, 30 de septiembre de 1868, p.02.

Anónimo, El Imparcial, 29 de noviembre de 1868, p.01.

Anónimo, El Imparcial, 30 de septiembre de 1868, p.01.

Anónimo, La Esperanza, 03 de octubre de 1868, p.03.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: